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El Memorando de Entendimiento (MoU) entre Irán y los Estados Unidos no surgió de una reconciliación, sino del agotamiento y el fracaso estratégico de los Estados Unidos y sus aliados. Fue el resultado de una guerra que había alcanzado sus límites políticos. Washington y Tel Aviv presentaron su guerra ilegal de agresión como una respuesta necesaria al programa de energía nuclear de Irán, a su capacidad de misiles y a sus alianzas regionales. Sin embargo, detrás de este discurso de seguridad se ocultaba un objetivo más amplio: debilitar a Irán de manera decisiva y restablecer un orden regional centrado en el dominio incuestionable de los Estados Unidos e Israel.

Durante más de dos décadas, sucesivas administraciones estadounidenses habían buscado contener a Irán mediante sanciones, aislamiento diplomático, operaciones encubiertas, guerra cibernética y asesinatos selectivos. La reciente guerra representó la expresión más intensa de esta estrategia. La suposición en Washington y Tel Aviv era que una fuerza abrumadora paralizaría la infraestructura militar de Irán, fracturaría su capacidad estatal, provocaría inestabilidad interna y tal vez abriría el camino para una transformación política.

Esa expectativa no se cumplió. Irán sufrió daños extensos en sus instalaciones militares, infraestructura y activos económicos. La vida civil se vio gravemente afectada. Sin embargo, el Estado iraní no colapsó. Sus estructuras de mando continuaron funcionando, sus fuerzas armadas conservaron su capacidad de respuesta y su liderazgo mantuvo la cohesión suficiente para resistir el ataque. A pesar del asesinato de varios líderes clave de la República Islámica, esta sigue en el poder y, de hecho, su legitimidad se ha fortalecido.

Igualmente importante es que Irán demostró que podía infligir daños más allá de sus propias fronteras. Los ataques con misiles y drones alcanzaron territorio israelí y amenazaron la infraestructura estratégica en todos los Estados árabes del Golfo. El conflicto impuesto por los Estados Unidos e Israel terminó con rutas marítimas interrumpidas, costos de seguros elevados, mercados energéticos desestabilizados y sirvió para recordar a los gobiernos de todo el mundo que la inestabilidad en el Golfo no puede contenerse dentro de la región.

A medida que la guerra continuaba, la brecha entre el poderío militar y los logros políticos se hizo cada vez más evidente. Los Estados Unidos e Israel contaban con una superioridad militar abrumadora, pero no pudieron convertir la presión en el campo de batalla en resultados políticos decisivos. Irán permaneció intacto; no se produjo un cambio de régimen. El Eje de la Resistencia – desde Irán hasta el mar Mediterráneo – quedó debilitado, pero no eliminado. La escalada continua prometía mayor destrucción, pero no una victoria estratégica. Debido a ello, el memorando de entendimiento no es un tratado de paz definitivo. Se trata de un marco provisional diseñado para detener las hostilidades directas, reabrir los canales de negociación y evitar que el conflicto se extienda aún más.

Su primera y más inmediata disposición es un cese temporal de las operaciones militares directas. El marco establece un período de 60 días durante el cual se espera que las partes negocien los términos de un acuerdo más duradero. Esta pausa no resuelve el conflicto subyacente, pero crea un espacio para prevenir una escalada accidental y reducir el riesgo inmediato de una guerra regional más amplia.

En segundo lugar, el memorando de entendimiento se centra en el estrecho de Ormuz. Esta es la característica de mayor relevancia económica del acuerdo. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa a nivel mundial pasa por esta estrecha vía navegable. Durante la guerra, las amenazas a la navegación demostraron tanto la influencia geográfica de Irán como la vulnerabilidad de la economía mundial ante la inestabilidad en el Golfo. El memorando de entendimiento aborda la resolución de conflictos marítimos no como una cuestión técnica, sino como un pilar central de la estabilidad económica regional y mundial.

En tercer lugar, el acuerdo establece un proceso de negociaciones sobre el programa de energía nuclear de Irán. Es fundamental señalar que no impone el desmantelamiento inmediato de la infraestructura nuclear iraní. En cambio, abre el diálogo sobre los niveles de enriquecimiento, los mecanismos de inspección, las disposiciones de monitoreo y el posible retorno de la supervisión técnica internacional. Esto marca un cambio de la coacción a la negociación: a Irán no se le trata simplemente como un objetivo, sino como un Estado cuyo consentimiento es necesario para cualquier acuerdo nuclear duradero.

En cuarto lugar, el memorando de entendimiento incluye conversaciones sobre el alivio de las sanciones, las exportaciones de petróleo y la posible liberación o movilización de activos financieros iraníes. Los detalles siguen siendo objeto de controversia. Pero el principio es claro: el estrangulamiento económico no produjo la rendición. Un acuerdo sostenible requerirá cierto grado de flexibilidad económica.

En quinto lugar, según se informa, el acuerdo incluye mecanismos regionales para resolver conflictos, particularmente en torno al Líbano. Esto refleja el hecho de que el conflicto nunca fue únicamente bilateral. Las alianzas regionales de Irán, las operaciones militares de Israel, los compromisos de seguridad de los Estados Unidos y el frágil equilibrio en el Líbano, Irak, Siria, Yemen y el Golfo están todos interrelacionados. Cualquier acuerdo que ignore esta arquitectura regional seguirá siendo inestable.

El aspecto más revelador del memorando de entendimiento es lo que omite. No exige un cambio de régimen, no requiere que Irán abandone su programa de misiles y no obliga a Teherán a retirarse por completo de los asuntos políticos y de seguridad regionales. En resumen, el acuerdo reconoce a Irán como una potencia regional cuyos intereses deben negociarse, no simplemente eliminarse con bombardeos.

El memorando de entendimiento pone de manifiesto diferencias importantes entre las prioridades estratégicas de los Estados Unidos e Israel. Para Israel, la guerra fue una oportunidad para remodelar el equilibrio de poder regional. Los responsables políticos israelíes han considerado durante mucho tiempo a Irán como el principal obstáculo para sus ambiciones estratégicas en Asia Occidental. El debilitamiento de Hezbolá, la fragmentación de las redes de resistencia y el aislamiento de Teherán se consideraban pasos necesarios hacia un orden regional más favorable para Israel. Los Estados Unidos compartía algunos de estos objetivos, pero operaba bajo restricciones más amplias. Washington tuvo que considerar no solo los resultados militares, sino también los mercados petroleros, el comercio mundial, a los aliados del Golfo, las presiones políticas internas y el riesgo de una mayor implicación internacional. A medida que los costos aumentaban, los cálculos de los Estados Unidos se alejaban cada vez más del maximalismo israelí.

El resultado es un acuerdo que muchos en Israel probablemente considerarán insuficiente. La guerra no eliminó a Irán como actor estratégico. No produjo un cambio de régimen. No destruyó la capacidad de Irán para influir en los acontecimientos más allá de sus fronteras. Y lo más importante: no terminó con una capitulación, sino con una negociación. Este resultado revela un problema más profundo para la estrategia israelí. La superioridad militar puede infligir un daño enorme, pero por sí sola no puede generar legitimidad política ni aceptación regional. Israel puede atacar objetivos en toda Asia Occidental, pero no puede determinar el futuro político de las sociedades más allá de sus fronteras únicamente mediante la fuerza.

Para los Estados Unidos, el memorando de entendimiento representa el reconocimiento de otra realidad: el dominio militar ya no garantiza la obediencia política. Esta lección se ha aprendido repetidamente en Irak, Afganistán, Líbano y ahora, una vez más, en relación con Irán.

Las monarquías árabes del Golfo se encuentran entre los observadores más importantes de este acuerdo. A lo largo del conflicto, los gobiernos del Golfo se vieron atrapados entre presiones contrapuestas. Siguen dependiendo de las garantías de seguridad de los Estados Unidos y han ampliado sus relaciones, tanto abiertas como encubiertas, con Israel. Al mismo tiempo, comprenden que cualquier guerra regional con Irán pone en riesgo su propia estabilidad económica y social. La interrupción de las rutas marítimas y las amenazas a la infraestructura regional hicieron que esta vulnerabilidad fuera innegable. Los Estados del Golfo poseen una inmensa riqueza, pero sus economías dependen del comercio marítimo seguro, de las exportaciones energéticas estables, de la inversión extranjera y de la confianza de los mercados globales. Una guerra prolongada pone en peligro todo ello.

La conclusión probable para Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait y Omán es pragmática más que ideológica. Continuarán colaborando con Washington. Algunos mantendrán o profundizarán sus relaciones con Israel. Pero también buscarán canales de comunicación con Teherán y evitarán convertirse en plataformas directas para la escalada. Esta tendencia ya era visible antes de la guerra. El acercamiento entre Arabia Saudita e Irán, facilitado por China en 2023, reflejó un creciente reconocimiento de que la estabilidad regional no puede lograrse mediante una confrontación permanente. La guerra ha reforzado esa conclusión. Las monarquías del Golfo han aprendido que ni Irán ni los Estados Unidos van a desaparecer. Su futuro no depende de elegir un bando de manera permanente en contra del otro, sino de gestionar las contradicciones entre ambos mientras protegen sus propios intereses.

Que Irán haya ganado o no depende de cómo se defina la victoria. Si la victoria significa evitar la destrucción, Irán no ganó. El país sufrió graves pérdidas económicas, daños a la infraestructura, deterioro militar y costos humanos. La carga de la guerra recayó con fuerza sobre los iraníes de a pie. Pero los resultados estratégicos no se miden únicamente por el daño sufrido. También se miden por los objetivos políticos alcanzados o impedidos.

El objetivo central de los Estados Unidos e Israel no era simplemente dañar a Irán. Era debilitar fundamentalmente a Irán como actor regional independiente. En ese sentido, la campaña no logró su objetivo. Irán sigue siendo soberano y el gobierno de la República Islámica permanece en el poder. Sus capacidades militares se han reducido, pero no se han eliminado. Su relevancia diplomática se ha visto reforzada por el hecho de que las negociaciones ahora giran en torno a obtener el consentimiento iraní, en lugar de imponer dictados extranjeros. En este sentido, Irán logró lo que muchos Estados que se enfrentan a una presión militar abrumadora han buscado a lo largo de la historia: la supervivencia. La supervivencia no es romántica. A menudo es costosa, brutal e incompleta. Pero en la política internacional, la supervivencia puede ser la medida más importante del éxito estratégico.

El significado más amplio de la guerra radica en otra parte. El conflicto demostró una vez más que la destrucción no es lo mismo que el poder. La fuerza militar puede demoler infraestructura, matar a combatientes e infligir sufrimiento. Lo que no siempre puede hacer es generar una transformación política. Los Estados Unidos e Israel contaban con capacidades militares muy superiores, pero no pudieron asegurar el resultado político que deseaban. El memorando de entendimiento entre Irán y los Estados Unidos no es, por lo tanto, una historia de victoria decisiva para ninguna de las partes. Es la historia de una guerra que reveló los límites de la coacción. Irán sale maltrecho, pero en pie. Los Estados Unidos e Israel salen poderosos, pero incapaces de dictar condiciones. Los Estados del Golfo salen más conscientes de su vulnerabilidad. La región entra en una nueva fase en la que las negociaciones, más que las victorias en el campo de batalla, determinarán el próximo capítulo de la política de Asia Occidental. Ese es el significado político más profundo del memorando de entendimiento: el poder militar puede destruir, pero no siempre puede gobernar.

Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).

Este artículo ha sido elaborado por Globetrotter y No Cold War.

Vijay Prashad , June 23, 2026


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