Es muy muy común escuchar la frase de Bertolt Brecht en la que el dramaturgo comunista afirmaba que hay hombres que luchan un día, dos días, muchos días, y son personas buenas y muy buenas; pero que solamente aquellos que luchan toda la vida “son imprescindibles”. Lo que no es para nada común es encontrar a aquellos hombres. Como las espadas victoriosas, son pocos. El 17 de febrero falleció uno de ellos.
Luis Varese Scotto nació en Lima en 1949. Fue hijo de migrantes italianos que arribaron a Perú buscando una mejor vida tras las tragedias que asolaron a Europa durante la primera mitad del siglo XX. Gracias a una inteligencia aguda decidió cursar estudios en Letras y Antropología en la Universidad Católica del Perú y en la Universidad San Marcos. Luego realizaría estudios en derecho internacional humanitario, refugio, género y desarrollo.
Pero no solo su inteligencia era aguda, sino también su mirada. Desde muy joven Varese pudo haber tenido una vida muy distinta al duro derrotero de la vida del revolucionario. En efecto, llegó a ser portero de fútbol profesional para el afamado equipo peruano Sporting Cristal y fue dirigido y entrenado por el célebre Didí, gloria del fútbol brasileño. Se podría decir que el destino tenía otros planes para Varese, pero lo cierto es que el destino nada tuvo que ver. Fue su decisión arriesgarlo todo por un mundo distinto.
La agitada vida política de Perú, país con una de las tradiciones izquierdistas y revolucionarias más ricas de Sudamérica, hizo que se vincule prontamente con otros jóvenes y no tan jóvenes que buscaban transformar las ignominiosas diferencias sociales que históricamente han caracterizado a una sociedad peruana que se debate entre la opulencia más extrema y la también extrema pobreza. Es así como se une al Partido Socialista Revolucionario del Perú, del cual fue uno de sus representantes más comprometidos y radicales.
El internacionalismo y Nicaragua
Sin embargo, la generación de Varese había asumido el compromiso de luchar por el pueblo que haga falta en cualquier parte del mundo cuando la situación lo requiera. Este principio político, llamado internacionalismo, lo llevó a él y a una generación heroica a luchar en tierras hermanas sin importar si la muerte era un destino probable.
Pero, Varese, además de ser internacionalista, fue un soldado revolucionario hábil. Tras su llegada a Nicaragua se unió a las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), movimiento político que agrupaba a varios sectores políticos que tenían como misión derrocar la sanguinaria y hereditaria dictadura de la familia Somoza (1936-1979), la cual, al servicio de los intereses más oscuros del imperialismo norteamericano, había sometido a Nicaragua a uno de los dolores colectivos más terribles que un pueblo latinoamericano ha tenido que soportar.
Varese prontamente demostró en el campo de batalla cualidades de liderazgo y, según se cuenta, de temeridad, lo cual lo llevó a ser declarado por las máximas autoridades de la revolución como capitán del FSLN, honor que es reconocido en Nicaragua cada vez que visitó dicho país después de la victoria en contra de la dictadura somocista, la cual sería derrotada en todos los campos, incluyendo en el militar, en 1979, gracias, también, al arresto de extranjeros como Varese que hicieron de la Revolución nicaragüense también su patria.
Algunos han dicho que la Revolución Sandinista fue una revolución de poetas, entre los que destaca Ernesto Cardenal, con quien Luis Varese prontamente trabaría una amistad que perduraría hasta la muerte del primero. De hecho, el propio Varese se dedicó durante muchos años a la poesía y ya jamás la abandonaría, publicando sus versos en varios libros y, según me contó personalmente, con algunos más inéditos (por ahora).
Durante los años de la lucha armada en contra de Somoza escribió versos cargados de la imperiosa realidad: “Toco tus bordes imprecisos con cariño, / te huelo mía y del compa de al lado./ ¡Salve! hueco de tierra. / Trinchera.”. Pero sus versos también estuvieron marcados por el amor, ese que rescataba casi como una religión, la más humanista de todas: “No temo morir lejos / la Tierra es donde vivo / Nuestramérica es mi cuna y mi hamaca… Me entristece, sí / perder el beso último / y la tesitura inagotable de tu piel en mi pecho.”
El regreso a Perú
Y si bien sus vínculos con Nicaragua jamás se romperían (bien podría haberse quedado en Centroamérica), Varese decidió retornar a Perú para continuar con la lucha revolucionaria, recordando el ejemplo de Ernesto “el Che” Guevara quien tras alcanzar la gloria en Cuba retornó a Sudamérica para continuar la lucha; porque, como nos recuerdan Varese, Guevara y tantos otros revolucionarios latinoamericanos, no hay victoria total hasta que todos sean victoriosos.
Es así como forma parte en la fundación del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el cual se planteó la misión de dar por terminado el estado de insultante desigualdad que asolaba a la sociedad peruana. Sin embargo, surgieron profundas diferencias estratégicas y tácticas entre Varese y varios otros miembros del MRTA, las cuales lo llevaron a separarse del movimiento.
La separación del MRTA, no obstante, no compraba ningún perdón de un Estado peruano que había jurado la destrucción o persecución de cualquier revolucionario. Varese fue perseguido y capturado en 1986 cuando ejercía su derecho al voto, convirtiéndose en preso político.
El exilio, ACNUR y Ecuador
Gracias a diversas gestiones, logra salir de Perú y empezará a trabajar como funcionario de Naciones Unidas para el Alto Comisionado para Refugiados (ACNUR) en distintos países. Para ACNUR trabajó durante más de 20 años al servicio de los desplazados que tuvieron que huir de sus hogares por diversas razones, entre ellas las de orden político, algo que, sin duda, Varese vivía en carne propia cada día del exilio, lo cual lo convirtió en un funcionario de UN altamente empático y eficiente.
Sus diversos viajes por varios países del mundo, pero especialmente de América Latina, reafirmaron un compromiso internacionalista que no abandonó jamás. México, Brasil, Ecuador, entre otros, formaron parte de una ruta de misiones por las que fue cosechando, cimentando y reafirmando amistades y relaciones de solidaridad con personas de la izquierda y del progresismo (el cual durante inicios del siglo XXI tuvo su auge en la región). Su casa se convirtió en un lugar de encuentro, debate, amistad y solidaridad para quienes lo requirieron, lo cual fue cumplimentado, casi como un valor moral supremo, también por su esposa y sus hijos.
Sin embargo, tras una larga travesía internacional, encontraría en Ecuador un lugar en el que decidió detener por un momento la marcha. Se vinculó al gobierno progresista de Rafael Correa, al cual asesoró exitosamente en un plan ambicioso para mejorar la seguridad del país sudamericano, logrando, entre otras cosas, reducir a niveles récord la violencia y la inseguridad del país. Quito, la capital, llegó a ser considerada la capital más segura de Sudamérica. Una enorme responsabilidad en estos y otros hitos la tuvo Varese, aunque una gran cantidad de personas en Ecuador aún no lo reconoce, pese a que el país ahora se encuentra, años después de una estrategia de seguridad exitosa, en la situación de inseguridad más grave de la historia del país.
Periodista y amigo
Durante sus últimos años de vida, Varese se dedicó a publicar artículos periodísticos y análisis políticos de gran altura, mediante los cuales no tuvo miedo a denunciar el recrudecimiento de las acciones imperialistas en todo el mundo y a expresar sin ambages su solidaridad con Cuba, Nicaragua, Venezuela, Palestina, y a otros procesos que enfrentan al imperialismo. Asimismo, siempre denunció públicamente los actos de persecución política que durante los últimos años se han puesto a la orden del día mediante el lawfare.
Pero, además de todo lo dicho, hay una dimensión humana de Varese que no se puede expresar con justicia en este artículo o en las reseñas biográficas, y esa es la de su cariño. Pocas veces se conoce a alguien que tenga la franqueza y el humanismo como valores que no se solapan entre sí, sino que juntas crean el abrigo del cariño. Quienes conocieron a Varese, el poeta, el capitán, el portero, el periodista, el funcionario, en resumen y dialécticamente, el revolucionario, saben que junto a su memoria se levanta un halo de fuerza y cariño que lo acompaña.
Supongo que eso, eso que se erige junto al recuerdo y en contra del olvido, es lo que crean en nosotros ellos, los pocos, los imprescindibles.
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