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En 1453 las tropas otomanas lograron bloquear por tierra y agua a la antigua capital de Bizancio. Constantinopla había logrado soportar innumerables embates de sus rivales turcos, pero el éxito del bloqueo de suministros logró que las hasta entonces inexpugnables murallas del antiguo reino romano de Oriente cayeran.

Los otomanos no inventaron nada en este sentido. Ya en el 332 a.C. el macedonio Alejandro, llamado “el Grande”, bloqueó la milenaria ciudad de Tiro después de que sus habitantes se mostraron inconquistables por métodos bélicos convencionales. La isla soportó durante siete meses, hasta que un furioso Alejandro, quien no soportó la insolencia de los que resistieron, logró entrar en sus murallas y, según cuentan algunos historiadores antiguos, destruyó la mitad de la ciudad y asesinó a la mayoría de sus habitantes.

El bloqueo de una ciudad o país, en efecto, es una de las medidas más polémicas que se puede tomar en una guerra. En la mente de los generales y reyes se espera que el bloqueo logre desesperar a las personas dentro de la ciudad, destruir su moral y, en última instancia, provocar una rebelión interna de gente hambreada y enfermada que haga capitular a los que dirigen la resistencia. Es decir, si no puedes derrotarlos, haz que se destruyan a sí mismos.

Pero no todos los bloqueos han funcionado. Probablemente el fracaso más célebre de un bloqueo de la historia reciente es el de Leningrado, actual San Petersburgo, que resistió de 1941 a 1944 (872 días en total) el asedio de la maquinaria nazi. El sitio de Leningrado causó la muerte por hambre y frío a cientos de miles de personas que, pese a la crueldad de las tropas hitlerianas, no rindieron la ciudad hasta que la URSS logró contraatacar y vencer al Tercer Reich.

Sin lugar a dudas se puede decir que Cuba ha escrito un nuevo capítulo en lo que se refiere a la resistencia de un bloqueo. Por más de 60 años, Cuba ha logrado evadir un bloqueo que, a todas luces, busca destruir el proceso revolucionario más emblemático del siglo XX en América. Un proceso que se declara socialista, que está dirigido por un partido de masas (el Partido Comunista de Cuba) y que, tal vez lo más importante, sucede en la misma frontera sur del país más poderoso de la historia. País que, además, se ha autoproclamado como el rival más acérrimo y longevo de los procesos socialistas en el mundo.

Es cierto que el bloqueo a Cuba no ha sido absoluto. Durante décadas, la solidaridad de la URSS, China, Vietnam y otros países socialistas logró mantener un proceso apoyado por la gran mayoría de los habitantes de la isla. Sin embargo, tras la caída de la URSS, Cuba se vio ante un escenario aparentemente catastrófico. En Washington pensaron que sería el fin del gobierno revolucionario e intentaron darle el golpe final durante la administración de Clinton creando nuevas sanciones y dificultades para que terceros países comercien con Cuba.

Pero Cuba resistió una vez más. Fidel Castro inauguró el así llamado “Período Especial” durante los años noventa del siglo XX, en el cual se reconfiguró la economía del país para resistir ante la caída de su principal aliado comercial. Y Cuba resistió.

A inicios del siglo XXI, el inicio del proceso chavista en Venezuela le dio algo de tranquilidad a Cuba, que, sin embargo, continuó aplicando medidas especiales. El petróleo venezolano ayudó a superar importantes problemas energéticos y de producción, aunque jamás pudo paliar totalmente los efectos del bloqueo económico y comercial. Sin embargo, tras el 3 de enero de 2026, día en que por primera vez Estados Unidos atacó a Venezuela en toda su historia, Cuba ha venido sufriendo una asfixia que podría causar un dolor nunca antes visto en el pueblo antillano.

No solo que Estados Unidos ha ordenado que se suspenda la venta de petróleo venezolano a Cuba, sino que ha amenazado con aplicar sanciones especiales a todo país que venda petróleo a la isla, algo que amenaza la misma vida de los cubanos que requieren del crudo no solo para sus automóviles personales, sino para transportar alimentos, enfermos, poner en funcionamiento sus hospitales, producir en el agro, en las industrias, etc. Es una medida que busca destruir a Cuba destruyendo a los cubanos.

De hecho, según sus propias declaraciones, Trump está dispuesto a llevar a la desesperación a Cuba para que el gobierno revolucionario caiga, esperando que así se cumpla una de las fantasías más anheladas por Washington, a saber, el colapso del único gobierno socialista en América que ha logrado retar a Estados Unidos y con connotados éxitos.

Pero no se trata de un reto militar que atente contra la seguridad estadounidense (como justifica Washington), aunque las tropas de Fidel lograron vencer en los años sesenta varios intentos militares de derrocarlo, incluyendo la célebre invasión a Playa Girón, en donde miles de soldados respaldados por Estados Unidos fueron derrotados militarmente por el Ejército revolucionario de Cuba.

Tampoco se trata de un reto cultural, científico o deportivo, siendo Cuba el primer país en el continente que logró erradicar el analfabetismo; convirtiéndose en uno de los países con más médicos per cápita del mundo; teniendo una esperanza de vida mucho más alta que cualquier país latinoamericano; siendo el segundo país que más medallas olímpicas tiene en todo el continente (solo por detrás de Estados Unidos y muy por delante de los otros).

En realidad, el reto que plantea Cuba al gobierno estadounidense es y siempre ha sido su mera existencia. La dignidad de ser un pueblo que ha decidido su propio destino ante el imperio militar más poderoso de la historia, insistía Fidel, es un precio que los estadounidenses le hacen pagar a Cuba mediante la supresión de sus potencialidades cada día.

No deja de llegar a la imaginación hipótesis que expliquen qué habría sido de Cuba si Estados Unidos, el país defensor del tan mentado libre mercado, no hubiera asfixiado a su economía y a su comercio. ¿Qué otras hazañas habrían alcanzado los cubanos? ¿Qué tan económicamente poderoso podría haberse convertido en comparación con el estado de pobreza extrema al que tenían sometido al país quienes lo convirtieron en el casino y burdel de los ricos de la Florida, mientras el pueblo del interior del país sufría de las más ignominiosas privaciones materiales?

La administración Trump parece decidida a no soportar más esta afrenta existencial. Su proyecto geopolítico de restitución de un imperialismo poderoso, aunque mediante dinámicas intimidatorias; hipertecnologizado, aunque con ideas decimonónicas; revitalizado, aunque mediante prácticas que lo aíslan del resto del mundo; en resumen, de un imperialismo poderoso que simbólicamente sigue siendo retado por aquella pequeña isla de casi 10 millones de habitantes (más o menos la población de Michigan y del tamaño de Tennessee).

Cuba es para la administración Trump lo que han sido las ciudades y los países que se resisten a rendirse ante los grandes imperios conquistadores: un ejemplo intolerable de los límites que tiene el poder militar y económico ante la dignidad humana, esa que no se puede comprar, sino que solo se puede destruir mediante métodos de asedio y sitio que varios grandes generales de la historia se han negado a utilizar aún en períodos de cruentas guerras, debido al sufrimiento que trae a sus habitantes.

Por ahora, Cuba resiste. Y siempre ha sido así. Por ahora. Y antes también fue “por ahora”. Pero la sumatoria de estos “por ahora” conforma las leyendas, las historias que inspiran a generaciones enteras a no doblegarse, aunque hayan sucedido hace cientos o miles de años; que redefinen el concepto de heroísmo, no por acciones militares, sino por la disposición a no perder la dignidad ante la amenaza más apocalíptica. Cuba es una leyenda que el imperialismo no puede soportar más, y parece que hará todo lo que esté a su alcance para erradicarla de la tierra y de la memoria.

Pero bien sabe todo conocedor de la historia que la dignidad de los pueblos es inmortal, y los imperios no. Así lo recuerda Shelley en su soneto Ozymandias, el cual habla de Ramsés “el Grande” (así como “Magno” fue Alejandro), probablemente el faraón más poderoso de su tiempo, alrededor de cuyo monumento solo quedan las ruinas de algo que pareció ser indestructible: “Y en el pedestal se leen estas palabras: / “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: / ¡Contemplen mis obras, poderosos, y desesperen!” / Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia / de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas. / A lo lejos, las solitarias y llanas arenas.”

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